Estella llevaba días sin recoger su habitación, como de costumbre, pero esta vez, casi no se podía entrar en ella.
Tenía la tarde libre así que decidió comenzar.
Camisas, pantalones, zapatos, accesorios, ninguna de estas cosas parecía estar en su lugar.
Uno por uno fue ordenando, primero los pantalones, seguidamente los zapatos y el escritorio, junto a los accesorios, y por último, las camisas.
A Estella, la mayoría de las veces, su memoria le jugaba una mala pasada y, a veces, ni si quiera recordaba lo que había hecho el día anterior, pero hay momentos en la vida que te marcan, que dejan huella, y una forma de recordar, fueron sus camisas.
La camiseta que llevaba puesta cuando sucedió su primer beso, la camiseta que llevaba la primera vez que salió con sus amigas lejos de los ojos de su madre, la camiseta que llevó en su última subida al escenario, la camiseta que ella le regaló por su décimosexto cumpleaños, la camiseta que llevó al instituto el día de su 17 cumpleaños.
Siguió ordenando cuando dio, casi sin quererlo con aquel suéter de pico rojo que, sin pararse a pensar, decidió meter en una bolsa.
Sin quererlo, la palabra futuro recorrió todo su cuerpo con un escalofrío, sí, el futuro que se acerca, que casi está por echársele encima. Hizo torres de sus camisetas y las metió poco a poco en su armario, cinco estanterías, la primera con las camisas cortas que llevaba a diario, esas con letras y dibujitos, que sabía que en un futuro tendría que descartar. En la segunda, aquellas camisas que se pondría para salir con sus amigos, flores, rayas, más camisas que sabía que tendría que desechar. En la tercera, camisetas lisas, de varios colores.
En la cuarta, aquellas que estaban ya pasadas de moda, pero que cada una de ellas, escondía un secreto, un recuerdo, junto a las de la quinta estantería, allí dónde metió aquel suéter de pico rojo que sacó de la bolsa mientras se imaginaba cómo en un pasado lo llevó y en un futuro volvería a usarlo.
