Los sueños están para cumplirse



domingo, 18 de diciembre de 2011

Christmas.



Olía a Navidad.
Caminaba sola con sus pesados libros en los brazos, metida de lleno en sus pensamientos, mientras el aire frío rozaba sus mejillas. Probablemente no hiciera menos de 18 grados, pero, al estar acostumbrada a un clima cálido, para Estella hacían, al menos 5.
A cada paso que daba, un hecho acudía a ella, y no acontecimientos buenos precisamente.
Se acercaban las fiestas de Navidad, esas con las que, no hace mucho tiempo, solía disfrutar, reír, soñar. Recuerda el día en el que se enteró de esa pequeña mentirita que todos descubrimos previa a la adolescencia, o si eres Estella, serías la última en descubrirlo.
¡Cómo lloró ese día! Esa chica inocente sentada en el borde de su antigua cama mientras su madre intentaba consolarla. Desde ese día, la Navidad para ella ha sido totalmente diferente, incluso, me arriesgaría a decir, decepcionante.
No había sido un buen año, sobre todo por las peleas en casa. Selectividad, viaje de estudios en verano.. Solo una cosa hizo que su vida diera un giro de 360°, ya os podréis imaginar qué.
Hacía 2 años que habían mantenido su primer encuentro. Se conocían de toda la vida, pero nunca habían tenido más conversación que un “¡Hola!” o un “¿Qué tal todo?”. Estaba enamorada de él, y él de ella, sin ni siquiera saberlo. Y sí, durante este año, Estella se había preguntado mil veces “¿Qué hubiera pasado si esto hubiera seguido la primera vez?” Quizás todo sería diferente ahora, aunque no se arrepiente de nada.
El tiempo pasa y, en poco tiempo, hará un año junto a él.
Un año lleno de sorpresas, de ilusiones, de cambios. Pero de una cosa estaba segura, había hecho la mejor elección de su vida. Pasar el resto de su vida junto a él.
Llega la Navidad, y en Navidad nada puede salir mal. Pasarla junto a él la hacía inmensamente feliz.
Los milagros navideños existen. El de Estella se acababa de cumplir.
Raquel Coello.

lunes, 3 de octubre de 2011

Su habitación.


Estella llevaba días sin recoger su habitación, como de costumbre, pero esta vez, casi no se podía entrar en ella.

Tenía la tarde libre así que decidió comenzar.
Camisas, pantalones, zapatos, accesorios, ninguna de estas cosas parecía estar en su lugar.
Uno por uno fue ordenando, primero los pantalones, seguidamente los zapatos y el escritorio, junto a los accesorios, y por último, las camisas.
A Estella, la mayoría de las veces, su memoria le jugaba una mala pasada y, a veces, ni si quiera recordaba lo que había hecho el día anterior, pero hay momentos en la vida que te marcan, que dejan huella, y una forma de recordar, fueron sus camisas.
La camiseta que llevaba puesta cuando sucedió su primer beso, la camiseta que llevaba la primera vez que salió con sus amigas lejos de los ojos de su madre, la camiseta que llevó en su última subida al escenario, la camiseta que ella le regaló por su décimosexto cumpleaños, la camiseta que llevó al instituto el día de su 17 cumpleaños.
Siguió ordenando cuando dio, casi sin quererlo con aquel suéter de pico rojo que, sin pararse a pensar, decidió meter en una bolsa.
Sin quererlo, la palabra futuro recorrió todo su cuerpo con un escalofrío, sí, el futuro que se acerca, que casi está por echársele encima. Hizo torres de sus camisetas y las metió poco a poco en su armario, cinco estanterías, la primera con las camisas cortas que llevaba a diario, esas con letras y dibujitos, que sabía que en un futuro tendría que descartar. En la segunda, aquellas camisas que se pondría para salir con sus amigos, flores, rayas, más camisas que sabía que tendría que desechar. En la tercera, camisetas lisas, de varios colores.

En la cuarta, aquellas que estaban ya pasadas de moda, pero que cada una de ellas, escondía un secreto, un recuerdo, junto a las de la quinta estantería, allí dónde metió aquel suéter de pico rojo que sacó de la bolsa mientras se imaginaba cómo en un pasado lo llevó y en un futuro volvería a usarlo.

Raquel Coello.

domingo, 17 de julio de 2011

Easy.


Parecía fácil vivir con ello.
O, más bien, vivir sin ellos.
En ocasiones, los celos pueden jugarte una muy mala pasada y quizás con ella, Estella lo hizo.
Por mucho que haya pasado, por mucho que le haya hecho sufir, por mucho que le haya dolido, si tuviera una segunda oportunidad, volvería a vivir lo mismo de una manera diferente, sin enfados, sin discusiones, tener la vida de antes, poder recordar cada una de las cosas que han pasado por su vida.

- Take it easy! - susurró, mientras echaba un vistazo a aquellas cosas que un día la hicieron reír y, a día de hoy, no podía parar de llorar.

Raquel Coello.

sábado, 16 de julio de 2011

Enjoy.


Sí, Estella deseaba con todas sus fuerzas disfrutar de su verano, no parar en casa, salir a las fiestas sin pensar en sus padres, en conclusión, ser feliz.

Contaba los días para perderlos de vista.
A esas personas que le estaban amargando la vida, a esos que no reconocían sus méritos, a esos que hacían que se hundiera en lo más profundo sin tener fe para levantarse y seguir adelante.
Quedaban veinte días exactamente para que esto ocurriese, un mes para desconectar y pensar qué es lo que realmente desea en esta vida.
La cosa más insignificante, para ella, puede ser lo más importante, lo más pequeño le molesta y, sin pararse a pensar, lo dice todo, sin importar si la gente puede llegar a sentirse bien o mal.

-¿Por qué me ocurre esto? - pensaba, con miedo en sus ojos.

Una única palabra surgía en su cabeza, o quizás dos.

Recuerdos y Ella.


Raquel Coello.

She.

Siempre he pensado que hay mucha gente que ignora lo que realmente es querer a alguien, no el hecho de decirlo, si no de saber demostrarlo.

Decir "te amo" va mucho más allá, demasiado para expresarlo con palabras y, a veces, al oírlo, o al leerlo, me enerva, es una palabra muy fuerte para decirla así porque sí, una palabra que muy pocas personas se merecen.
Tengo la suerte de poder decirla con boca grande a muy pocas personas, esas que se pueden contar con los dedos de una mano, justamente, y, ¿quieren saber por qué? Porque al verlas me sale esa sonrisa tonta, porque algo en mi interior me dice que hago lo correcto, que esas personas a pesar de todo estarán junto a mi hasta el fin de los días, cuando el cielo se oscurezca y no sea capaz de encontrar el camino de regreso a casa, porque esas personas han formado parte de mi vida y seguirán haciéndolo siempre, porque cuando yo hago una promesa la cumplo, a pesar de las diferencias y de los malos acontecimientos, de los no esperados.
Todo cambia tan deprisa que, la mayoría de las veces, ocurre sin darte cuenta. Y de un momento a otro, el tatuaje invisible que impregnaba mi dedo, el corazón, desapareció, dejando atrás todas las promesas que una vez nos hicimos, haciendo de cuenta que nunca existió, que nada valió la pena.
Se acabó.
Se acabó para siempre.

domingo, 15 de mayo de 2011

A través del cristal.


Parecía que sería un día como otro cualquiera.
Estella se levantó, se preparó con un nudo en el estómago, era un día demasiado importante para ella, se lo jugaba todo y más que eso.
Pero, como todos sabemos, nada es perfecto y si algo puede salir mal, saldrá mal.
Una cosa tras otra a lo largo de todo el día, no quería seguir aguantando nada de eso, se rindió. Se acurrucó junto a su perro en el sillón, necesitaba sentirse cerca, cercana a ella misma, a esa persona que había perdido hacía mucho tiempo, esa que había permanecido junto a ella siempre y que ahora se había esfumado dejando un gran vacío en su interior.
La confianza en sí misma, su confianza.

- ¡Bonito viernes 13! - se le escapó entre sus labios mientras se asomaba a la ventana y veía a través del cristal cómo el tiempo pasaba tan deprisa que casi sucedió sin darse cuenta.


Raquel Coello.

viernes, 22 de abril de 2011

Duele.


- Venga, ¡vuelve a contarme esa historia!
- ¿Qué historia?
- La historia de cómo engañé a mis recuerdos para creer que lo había olvidado para siempre.

Estella, después de dos años, había vuelto a recordar cómo la distancia los había hecho más fuertes cada día desde su partida, el sonido de su voz, el color de sus ojos, su sonrisa.



Raquel Coello.

Estella.

La vida da muchas vueltas.
Hay que haber vivido en su piel para saber qué es lo que realmente siente.
Sus ideas, sus pensamientos eran suyos, solo suyos.
Nadie sabrá nunca nada más de lo que muestra por fuera.
Tiene miedo.
Miedo al rechazo, al no tener el suficiente valor para continuar.
Demasiados problemas en poco tiempo, y tan poco.
Estella ya no sabe qué hacer, ve que su vida, la que tanto había esperado, se va marchitando poco a poco.
Marina decía que, era probable que, en un futuro, solo recordemos lo que nunca sucedió.
- ¡Ojalá me ocurra esto a mi! - deseó Estella con todas sus fuerzas.
"Cuando te paras a pensar si realmente quieres a alguien, ya has dejado de quererle para siempre."
La sombra del viento.


Raquel Coello.

Ella.


Llegaron, estaba lleno de gente, la vio.
Lo cogió, sin miedo, tenía que hacerlo.
Caminó hacia ella, con la cabeza girada y sí, para qué negarlo, iba a la defensiva, pero cuando levantó la vista, a escasos pasos de ella, sus miradas se cruzaron.
y sí, sintió como si nada hubiera pasado.
Se dirigieron dos palabras, no hacía falta nada más.
Estella se giró, no sabía si correr a abrazarla o no volver a verla nunca.
-¡Ten cuidado, Estella! Ya nada es lo que parece.


Raquel Coello.

Soñar.


Quizás no esté tan lejos.
- ¡Sí, queda poco, venga, Estella, tú puedes!
Unos pasos más y Estella habría llegado a cumplir su sueño.
Pero no, no todo podía ser tan fácil.
Estaba cansada, sentía que no podía más, ya no le quedaban fuerzas para continuar.
Se descalzó, quería sentir la arena bajo sus pies, atardecía.
Tenía miedo, miedo de que eso que tanto ansiaba no fuera lo que esperaba.
Decidió esperar.
- Quizás no esté preparada -, pensó.
O quizás ya era demasiado tarde.


Raquel Coello.

Él.


Estella no sabía qué decir, cómo
actuar o qué pensar.
Todo había cambiado en un
espacio demasiado corto de
tiempo, tanto que casi sucedió
sin darse cuenta.


Raquel Coello.

Siempre.


- Prométeme que nada cambiará, prométeme que esto será para siempre.
+ Te lo prometo.
- ¿Y si las cosas cambian? Tengo miedo a perderte.
+ Sé fuerte, no tengas miedo, nunca me apartaré de tu lado, pase lo que pase.


Raquel Coello.

Siempre.


Un prado.
El sol se pone.
Dos personas.
Él.
Y yo.
Nos miramos sin decirnos nada.
Con eso es suficiente.
Contigo es suficiente.


Raquel Coello.

Mi lugar favorito en el mundo.


- Mi lugar...
- ...favorito en el mundo, ¿verdad? ¿Otra vez esa historia?
- ¿Te la he contado ya más veces?
- Aproximadamente un millón de veces, pero no te preocupes, nunca me canso de escucharla.
- Empecemos, entoces.
"Una playa, arena blanca, a punto de atardecer, andaba descalza mientras la arena rozaba mis pies, un vestido blanco como la nieve, de velo se alborotaba a causa de la brisa marina, mi cabello castaño ondeaba según daba pequeños pasos antes de llegar al ansiado destino.
Pensaba.
Pensaba que todo acabaría pronto, la vida me había jugado una mala pasada, y ya no me apetecía seguir.
Continuaba caminando.
Todo había cambiado desde que había estado allí por última vez.
Había dejado mis sueños atrás, había dejado de sonreír, me había rendido después de haber luchado tanto, me había perdido a mi misma.
Pero, una puerta apareció ante mi. Llevaba mi nombre grabado en una estrella de oro. ¿Sería ese mi destino?
Me acerqué, aún con el miedo de ignorar lo que escondía. La abrí lentamente con los ojos cerrados.
Oía ruido, un ruido familiar, gritos de júbilo y de alegría, gritos de pasión, de descontrol.
“Es hora de cumplir tu sueño”
Había llegado a dónde siempre me habría gustado llegar. A mi lugar favorito en el mundo"
- Estar encima de un escenario.


Raquel Coello.

Estamos juntos en esto.

La tenue luz del amanecer me hizo cerrar los ojos aún más fuerte intentando adaptarlos a ella. ¿Dónde estaba?, pensé.
Toqué, con mis manos, el suelo bajo mis pies, "Arena...".
La brisa marina me rozó la cara y el olor y el chapoteo del agua hizo despertar el resto de mis sentidos, ¿qué hacía allí?.
No había nada más alrededor, solo yo.
Me levanté, aún preguntándome cómo había llegado allí cuando una avioneta zurcó el cielo llevando una pancarta que decía: "¡Estamos juntos en esto!"


Raquel Coello.

Lost.

- Hace tiempo que no me cuentas ninguna de tus historias. ¿Por qué?
- Ya no me apetece escribir.
- ¿Cómo? Eso es imposible, es tu vida, lo que te hace sonreír, lo que te gusta compartir.
- No, ya no lo es.
- Explícate.
- Lo perdí, lo perdí para siempre.



Raquel Coello.

martes, 19 de abril de 2011

Remember.


“¡Tengo miedo!”, le dijo, “¿Miedo de qué?”, contestó él, “De perderte, me gustas, mucho, y tengo algo dentro que me dice que quizás me esté enamorando de ti, y no es lo que quiero".
No fue todo lo que le gustaría haber dicho, pero sí lo que se atrevió a decir, a veces, en pocas palabras se puede decir mucho más que con un gran testamento.
“¿Enamorarte?, no, no, tú a mi también me gustas, eso no lo puedo negar, pero enamorarme nunca, sería diferente si, al menos, viviésemos en el mismo lugar.”
Sintió, de repente, que su nudo cambió de lugar, ahora su posición era la garganta.
No sabía qué decir, sí, eso no era lo que realmente quería oír, esperaba algo más de aquel momento vivido, esperaba un…” ¡Te esperaré! Y, si quieres luchar, lucharemos juntos hasta el final”, pero no, no sucedió, no todas las historias pueden tener finales felices y esta, no es una de ellas.

Esas fueron las últimas palabras que cruzaron, las últimas miradas, antes de prometerse a sí misma que nunca volvería a verle, que no lo volvería a llamar, que lo borraría para siempre de su vida.
Recogió su habitación, preparó su maleta, ¡era la hora de volver a casa!, lo que más deseaba del mundo en aquel momento.
Lo que vivió aquel verano marcaría su vida para siempre, pensó, al menos, por un momento que él era el chico esperado, que duraría siempre a pesar de la distancia que los separaba, pero no, al parecer no.
Creyó vivir un cuento de hadas aquellos doce días, desde el primer momento hasta el último, pero, sinceramente, no estaba preparada para volver a mantener otra relación a distancia, duele, mucho, y ya era hora de dejar de sufrir, para siempre.


Raquel Coello.

Remember.



Con lágrimas en los ojos, ella caminaba calle arriba absorta en sus pensamientos, sin nada más que su nombre en la cabeza.
Buscó desesperadamente su iPod en el bolso, sin lugar a dudas ¡necesitaba escuchar su canción!, lo único que conseguía calmarla una y otra vez. No lo encontró, paró unos segundos y, seguidamente, comenzó a tararear mientras la gente paseaba alrededor de la caja de cristal que acababa de envolverla.
Ese nudo en el estómago continuaba latiendo, como si quisiera salirse de él.
Llegó a casa y, como de costumbre, no pudo abrir la puerta, llamó, abrieron y, sin pronunciar si quiera una palabra, corrió al ordenador, ¡necesitaba desahogarse!, y así lo hizo.
"Tanto para nada, tanto por nada", recordó. Tenía ganas de llorar, de gritar a los cuatro vientos que su vida no tenía sentido, tenía ganas de volver a casa aunque su corazón le pedía quedarse. Esta vez le hizo caso a la razón, "¡Ya basta de tanto corazón! ¿No he sufrido suficiente ya? Es hora de cederle el turno a mi mente y a mi razón."
Estella lloraba.
Lloraba sin parar, no podía creer que le hubiera vuelto a pasar. Su vida se redujo, en cuestión de segundos, al tamaño de una miga de pan, hasta que, casi sin darse cuenta, él le habló.


Raquel Coello.

Remember.


Estella nunca había vivido una despedida, no había tenido esa oportunidad o, quizás, desgracia.

Su largo cabello castaño ondeaba según daba pequeños pasos a un ritmo suave, jugueteando con una traba que encontró en su pantalón.
Todo, en su mente, parecía borroso, como si nada de lo que ocurrió aquel verano hubiera sido real o, más bien, como si no acabara de terminar.
Subió calle arriba pensando en aquel adiós tan poco deseado, tan extraño, sin apenas sentido. "¡Pásalo bien!", le dijo, y ella, por dentro, con un nudo en el estómago, consiguió decir: "¡Tú también!". Se giró y decidió no mirar atrás, arrepintiéndose más tarde de no haberle dicho lo que realmente sentía y no haber vuelto a clavar sus ojos en él.
"¿En tan poco tiempo se puede enamorar una persona?", "¿En tan poco tiempo se puede llegar a pensar que dónde estaba nunca fue su lugar?", se preguntaba mientras se paró a observarse en aquel espejo por última vez.

Raquel Coello.